Ha entrado usted en la bitácora alzada de Claudio Colina Pontes

domingo, 8 de mayo de 2016

Una ciudadana del norte


"Nos mira, un poco inquieta, con unos ojos más azules que el fondo de las piscinas mallorquinas donde se zambullen los ciudadanos del norte en verano, en primavera, y hasta en los puentes, sin son un poquito largos".

Esta foto nos la envía el primo, desde su puesto de mando.

miércoles, 4 de mayo de 2016

El norte rico, en otoño



"Y en pocos minutos nos vemos de pie, con las manos en los bolsillos, en una avenida peatonal de nombre impronunciable donde el frío limpio del Estado del bienestar pasa a ras del pavimento adoquinado y levanta las hojas multicolores..."

Gracias a nuestra amiga Mª J. por esta foto, alumbrada por el sol de San Andrés de la Barca.

viernes, 29 de abril de 2016

Perdidos Al Norte



Por fin está disponible en las mejores librerías del mundo Al Norte de Abril, mi nuevo libro de relatos. Esta foto la tomé en la parada del tranvía, mientras realizaba las últimas correcciones del texto, a principios de 2016.

jueves, 16 de enero de 2014

Furtivos

Desde lo alto del edificio colindante saltó a la azotea de los Ramírez, más amplia, más limpia. Las sábanas al sol olían a humedad fugaz y a flores de plástico, a lejía diluida en arrugas blancas. Sabía que los Ramírez tardarían en regresar, y no le importó hacer ruido al forzar la puerta de hierro para entrar en la casa. Por la escalera enmoquetada, que olía a ambientador, bajó hasta el salón, donde halló lo que buscaba: la cámara de vídeo, el equipo de música, la tele, los candelabros de plata. Sumó mentalmente el valor de todo, y calculó el tiempo que tardaría en llevárselo. Iba a ser un negocio redondo.
Decidió husmear un poco por los dormitorios. El armario de la abuela olía a papeles amarillentos, a maderas entreabiertas de naftalina y a paraguas mohosos, y el de la hija, a lavanda y encajes blancos. De las mesillas de noche del matrimonio recogió un reloj de oro, un solitario y dos cadenitas. Volviendo a la sala pasó por la puerta de la cocina, y el único comensal se le quedó mirando fijamente, con temor. Lo reconoció: el nonagenario patriarca, Ramírez el viejo, que se apresuraba a esconder torpemente el plato bajo la mesa.
-¿Qué come usted? -Preguntó, acercándose.
El anciano, con un brillo demente en los ojos:
-No, doctor, no es lo que usted cree, no estoy comiendo sardinas de lata, porque usted me las tiene prohibidas, mire, mire...
Entre sus manos temblorosas, un plato con restos de sardinas en aceite.
-Me ha mentido, señor Ramírez. No se mueva de aquí, que voy a pensar en el castigo que se merece.
El abuelo, temeroso, murmuró algo y bajó la mirada.
Puso el cronómetro en marcha y desalojó por la azotea todos los objetos interesantes en menos de tres minutos. Se marchó sin despedirse.
Cuatro horas después, los Ramírez, desquiciados, le preguntaban al abuelo si había visto algo, y él les respondía que el médico lo había visitado, como todos los días, para tomarle la tensión y comprobar que seguía la dieta.

martes, 24 de diciembre de 2013

Encuentros

Al acabar los exámenes de septiembre, Vicente cogía su viejo cuchillo de limpiar pescado y nos convocaba una mañana bien temprano a las puertas de la Facultad. El ritual se repetía todos los años: con coches prestados recorríamos él y yo junto a Irene, Ramón y los demás aquella sinuosa carretera y al llegar a la Punta del Hidalgo nos acercábamos a las barcas de los pescadores, que regresaban de faenar en ese momento. Vicente, con su cuchillo colgado al cinto, llevaba la voz cantante. Regateábamos en voz muy alta, enfadándonos de broma por lo caro que estaba el pescado, y tras mucho rato de conversación con los hombres del mar, nos marchábamos con apretones de mano que sellaban el compromiso de volver pronto. A las afueras de Tegueste nos parábamos a un lado de la carretera y allí mismo improvisábamos un asadero. Vicente desenfundaba entonces el famoso cuchillo, y con extrema habilidad escamaba y limpiaba el pescado, sin parar de hablar, de reír, mientras los demás encendíamos el fuego y abríamos la primera botella de vino blanco con la que celebrar el final del verano.
Después de todos estos años, Vicente y yo, ingenieros del Ministerio, hemos vuelto ayer a La Punta para redactar un proyecto de desarrollo local. Al bajar por la carretera serpenteante recordamos por un minuto aquellos años intensos de asados, risas, vino y fugas de la Facultad, y cómo ninguno de los dos logró seducir a Irene, que acabó casándose con estirado de Aparejadores que conducía un BMW. Pero enseguida volvimos a la conversación cotidiana: el presupuesto, el informe del gabinete jurídico, el decreto de medidas correctoras, la discusión con el gerente de urbanismo...
En La Punta, la reunión con los delegados fue soporífera y frustrante. Salimos de allí de noche, enfurruñados y cansados. Vicente conducía en silencio, con brusquedad. Yo, indiferente, miraba por la ventanilla, dejándome llevar por las luces distantes del pueblo, cuando, de repente, en una curva Vicente frenó en seco, se bajó corriendo y se abalanzó en la cuneta para recoger algo que brillaba: su cuchillo, perdido un día de comilona, cuando nos sorprendió un gran chaparrón y tuvimos que recoger los pertrechos apresuradamente. A la luz de los faros del coche, lazando el cuchillo como un trofeo, lo oí reír como no lo había oído en años.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Poema del Gran Hundimiento

Apliquemos la fórmula
observemos cómo el proceso de caída puede durar un puñado de años.
Uno o dos quinquenios de insolación diaria, de viento bronco del sureste sostenido entre las esquinas de las naves del polígono
en los que el dueño pasa por diferentes etapas
de euforia y depresión
reflejadas en el gráfico verde del Gran Hundimiento.
En todo ese tiempo, las alegrías son estrellas fugaces en la noche cerrada
índices macroeconómicos elaborados por gobiernos que deliberan invariablemente lejos
lejísimos de esta fábrica
de cualquier fábrica
que no conciben que esta fábrica existe ni que sucede la posibilidad de que algún propietario
viva de sus réditos.
Las amarguras, minuciosamente rumiadas, definidas y encadenadas en horas de insomnio.
Durante esos quinquenios, la oficina permanece como
bastión
la empleada la mantiene como
Verdad
una Verdad a prueba de tsunamis, con sus tiernos calendarios de mascotas pinchados en la pared, con su máquina de agua mineral y su ordenador polvoriento y sus carpetas de mediciones y sus lustrosas muestras de granito:
la puerta de aluminio de la oficina es abierta a las ocho en punto y cerrada a las seis en punto, y esas son las horas en las que
la civilización existe
resiste.
Dentro de esa horquilla la fábrica es provista por nosotros de catálogos, tarifas, avisos de promociones, palabrería comercial de diverso rango. Y recibe la mercancía.
Siempre a crédito.
Me tranquiliza comprobar que la máquina automática de perfilar se encuentra en marcha. Lo advierto por ese ruido como en oleadas abrasivas.

domingo, 20 de octubre de 2013

El millonario

Al levantarse, Lorenzo salió de la caseta de vigilancia, bebió de los charcos de lluvia y se puso a corretear ladrando por el muelle. Apenas eran las siete y media, y las nubes empezaban a despertar con tonos naranja sobre el océano. Corrió hacia un grupo de gaviotas que, posadas sobre una barca varada, esperaban la llegada del atunero que entraba por la bocana del puerto. “¡Lorenzo, Lorenzo...!”, saludaban los pescadores, con el pelo impregnado de viento y sal, el gesto cansado y la cara ojerosa por toda una noche de faena. Lorenzo, que ya olía el pescado fresco, ladraba y saltaba con los ojos muy abiertos, y tanto alboroto despertó por fin a Chago, su amo, que salió refunfuñando y despacito de la caseta de vigilancia con la mano en la frente y un ademán de resaca. Se arregló la solapa del mohoso abrigo, se alisó el encrespado pelo blanco y caminó sin prisa hacia allá, donde empezaba la fiesta del desembarco del pescado.
Chago no sabía cómo decirles que ese era el primer día de su nueva vida, que todo había cambiado para él, que iba a jubilarse por fin porque había ganado trescientos millones en la Bonoloto. Acariciaba el pequeño boleto en el bolsillo y sonreía, viendo cómo desembarcaban el bonito, cómo Lorenzo correteaba alrededor de las cajas, hasta que un pescador, casi tan viejo como él, le preguntó qué le pasaba, que estaba ahí parado como un bobo.
—Que soy millonario.
Todos pararon en seco. Chago sacó el billete y lo agitó en el aire, empezando a reír, y Lorenzo, tan juguetón, saltó, lo atrapó con los dientes y lo desmenuzó de cuatro rápidas dentelladas. Se quedó mirando al amo con las orejas atentas y ladró una sola vez.
En eso llegó un coche y bajó de él un encorbatado muy apurado que hacía muchas preguntas. Era del Banco Central y quería hablar con el agraciado para ofrecerle condiciones ventajosas en los Fondos del Tesoro.
—Hable con el perro. Se llama Lorenzo— le dijeron los pescadores.