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viernes, 15 de noviembre de 2013

Poema del Gran Hundimiento

Apliquemos la fórmula
observemos cómo el proceso de caída puede durar un puñado de años.
Uno o dos quinquenios de insolación diaria, de viento bronco del sureste sostenido entre las esquinas de las naves del polígono
en los que el dueño pasa por diferentes etapas
de euforia y depresión
reflejadas en el gráfico verde del Gran Hundimiento.
En todo ese tiempo, las alegrías son estrellas fugaces en la noche cerrada
índices macroeconómicos elaborados por gobiernos que deliberan invariablemente lejos
lejísimos de esta fábrica
de cualquier fábrica
que no conciben que esta fábrica existe ni que sucede la posibilidad de que algún propietario
viva de sus réditos.
Las amarguras, minuciosamente rumiadas, definidas y encadenadas en horas de insomnio.
Durante esos quinquenios, la oficina permanece como
bastión
la empleada la mantiene como
Verdad
una Verdad a prueba de tsunamis, con sus tiernos calendarios de mascotas pinchados en la pared, con su máquina de agua mineral y su ordenador polvoriento y sus carpetas de mediciones y sus lustrosas muestras de granito:
la puerta de aluminio de la oficina es abierta a las ocho en punto y cerrada a las seis en punto, y esas son las horas en las que
la civilización existe
resiste.
Dentro de esa horquilla la fábrica es provista por nosotros de catálogos, tarifas, avisos de promociones, palabrería comercial de diverso rango. Y recibe la mercancía.
Siempre a crédito.
Me tranquiliza comprobar que la máquina automática de perfilar se encuentra en marcha. Lo advierto por ese ruido como en oleadas abrasivas.

jueves, 22 de agosto de 2013

Pereyra en "Mañana lo dejo"

<Capítulo de mi próxima novela, "Mañana lo dejo">

Una cruz de madera.
La ermita cristiana en el cruce de la carretera comarcal de Gaza
iluminada por las farolas del puente y por la luna primeriza de diciembre
casi transparente
desperezada
esférica
entre las nubes que rolan hacia la montaña, donde ya domina la sombra nocturna.
Una cruz de madera
y un par de bombillas peladas en la placita. Van llegando los feligreses, todo caras conocidas.
El ruido de un tractor, el motor de un camión remontando la cuesta de la carretera
el grito de un niño
se mezclan con el reggaetón y los neones coloristas de un autobar de hamburguesas aparcado en el otro arcén.
Tras él, la iglesia inacabada, una obra sufragada céntimo a céntimo por suscripción popular, descarnada y aún informe con un campanario que amenaza con desplomarse sobre todos nosotros.
La vieja ermita, llena. Me quedo fuera, tras saludar a los amigos, me quedo en la plaza
mirando hacia la luz católica de dentro, sin ver ni oír la misa de difuntos que dicen por Pereyra.
¿Durante cuántos años tuvimos trato comercial Pereyra y yo?
me pregunto mientras miro al suelo, las losetas
mientras el frío me traspasa las suelas de las botas y me sorbo las lágrimas.
Quince años, diecisiete, diecinueve años.
La voz monótona del cura, la cara de sorpresa de uno de los operarios de Pereyra, que me observa como si no me creyera
como si yo fuera un aparecido
el frío baja y nos envuelve y de repente en la memoria
más que la imagen aquel sonido
los golpetazos que propina Pereyra en el grasiento mostrador de su almacén con unas coronas abrasivas que me había comprado
y que estaban defectuosas de fábrica
las coge con la mano y golpea el mostrador, cual hambriento con un plato vacío en una cacerolada, mientras grita:
—¡Esto es una mierda! ¡Esto nos sirve para nada!
Descarté aquel material, claro, lo devolví, contraté con un nuevo fabricante mucho más serio.
Ahora Pereyra
una vida entera
luce en la brevísima mención póstuma del cura, en la iglesia inacabada.
Navidad.
Y en el cruce la noche vence definitivamente al día
aquí en Gaza la fritanga se entrelaza, ladina
con el aire fresco del norte
frente al escaparate de la tienda de muebles y al bar de desahuciados.
Intento tragar las piedras de amargor que se me atascan en la tráquea cuando saludo a la viuda y al los huérfanos, más jóvenes que yo. Frío en las piernas.
La penúltima vez que vi a Pereyra fue en el hospital
en la habitación atestada de parientes cincuentones, me presenté por la mañana
vestido con el uniforme de la empresa.
Allí estaba él acostado
que no postrado
con ojos de niño que no entiende del todo dónde lo han llevado, la enfermera
en el pasillo
blandamente disgustada a causa del pequeño gentío
del interminable reguero de hombres que le preguntan una y otra vez por la habitación de un tal Pereyra.
Las sábanas planchadas a la perfección, sobre ellas las manos morenas, varoniles de Pereyra
el suero
el susurro animado de los parientes
una biografía de Juan Pablo II en la mesita de noche
la sonrisa.
Me fui pronto: la enfermera se asomó a la habitación, pronunció una amenaza tierna
no están permitidas las muchedumbres, salí de allí y a duras penas pude llegar a la puerta del hospital.
Me senté a llorar en los peldaños de la entrada.
—Con veinte millones la acaban —en el corrillo posterior a la misa, maestro Álvaro, el pulidor, ha echado el cálculo, brazos a la espalda, rictus escéptico, yergue la cabeza hacia lo alto del dudoso campanario, guiña un ojo economicista.
—¿Veinte millones? —a mi vez contemplé la obra, ya ganada por la penumbra, apenas alumbrada por los neones verbeneros del autobar—. ¿No será poco?
Veinte millones de inexistentes pesetas
inexistentes veinte millones
recuerdo haber dicho hace años a Pereyra que con tanta rifa y tanta lotería que le había comprado ya había sufragado diez o quince campanas.
—Gracias por la intención, pero ya tenemos quien pague las campanas.
En la placita fría la cara escéptica del jefe de taller
al que casi no reconozco porque por primera vez en la vida veo limpio, vestido de paisano
sin ninguna herramienta en la mano sino serio, de pie, con los dedos entrelazados
casi como si rezara por Pereyra.