Ha entrado usted en la bitácora alzada de Claudio Colina Pontes
miércoles, 18 de mayo de 2016
El nuevo hermanito
Aquí está el nuevo miembro de la familia, cuya gestación comenzó el 19 de febrero de 2015.
Treinta y cinco relatos cortos, largos y medianos sobre treinta y cinco conciertos acaecidos entre 1981 y 2016.
Ayer entró en "FASE 06", es decir, por mi parte está terminado y corregido.
A partir de ahora, serán mis cinco lectores de cabecera quienes propongan enmiendas y rectificaciones. Hoy es un gran día en el barrio Fosferno.
sábado, 14 de mayo de 2016
Corazón amarillo
"El sol del mediodía era tan denso en el muelle, que todo parecía aplastado por una fuerza blanca. Los coches salían poco a poco del vientre blanco del barco, abierto por una herida limpia, y un policía municipal, que parecía animado por tener algo de tráfico que dirigir, se acercó corriendo al comienzo de la cola, a paso tan acelerado que se le cayeron las esposas a nuestros pies".
Gracias a Nieves, que nos manda esta foto desde su hogar, cercano a la capital.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Salida del aeropuerto
"El trenecillo salió del aeropuerto y atravesó campos grises y llanuras descoloridas de arrabal, donde los hierbajos de la lluvia tardía crecían al pie de muros de hormigón pintarrajeados con firmas verdes, rojas, ilegibles".
Este ejemplar de Al Norte de Abril llegó a Leipzig y se echó a descansar a los pies de Bach, uno de los músicos más importantes de todos los tiempos. O el más importante, sin más.
Gracias de nuevo a mi primo, por la estupenda foto.
domingo, 8 de mayo de 2016
Una ciudadana del norte
"Nos mira, un poco inquieta, con unos ojos más azules que el fondo de las piscinas mallorquinas donde se zambullen los ciudadanos del norte en verano, en primavera, y hasta en los puentes, sin son un poquito largos".
Esta foto nos la envía el primo, desde su puesto de mando.
miércoles, 4 de mayo de 2016
El norte rico, en otoño
"Y en pocos minutos nos vemos de pie, con las manos en los bolsillos, en una avenida peatonal de nombre impronunciable donde el frío limpio del Estado del bienestar pasa a ras del pavimento adoquinado y levanta las hojas multicolores..."
Gracias a nuestra amiga Mª J. por esta foto, alumbrada por el sol de San Andrés de la Barca.
viernes, 29 de abril de 2016
Perdidos Al Norte
Por fin está disponible en las mejores librerías del mundo Al Norte de Abril, mi nuevo libro de relatos. Esta foto la tomé en la parada del tranvía, mientras realizaba las últimas correcciones del texto, a principios de 2016.
jueves, 16 de enero de 2014
Furtivos
Desde lo alto del edificio
colindante saltó a la azotea de los Ramírez, más
amplia, más limpia. Las sábanas al sol olían a
humedad fugaz y a flores de plástico, a lejía diluida
en arrugas blancas. Sabía que los Ramírez tardarían
en regresar, y no le importó hacer ruido al forzar la puerta
de hierro para entrar en la casa. Por la escalera enmoquetada, que
olía a ambientador, bajó hasta el salón, donde
halló lo que buscaba: la cámara de vídeo, el
equipo de música, la tele, los candelabros de plata. Sumó
mentalmente el valor de todo, y calculó el tiempo que tardaría
en llevárselo. Iba a ser un negocio redondo.
Decidió husmear un poco
por los dormitorios. El armario de la abuela olía a papeles
amarillentos, a maderas entreabiertas de naftalina y a paraguas
mohosos, y el de la hija, a lavanda y encajes blancos. De las
mesillas de noche del matrimonio recogió un reloj de oro, un
solitario y dos cadenitas. Volviendo a la sala pasó por la
puerta de la cocina, y el único comensal se le quedó
mirando fijamente, con temor. Lo reconoció: el nonagenario
patriarca, Ramírez el viejo, que se apresuraba a esconder
torpemente el plato bajo la mesa.
-¿Qué come usted? -Preguntó, acercándose.
El anciano, con un brillo demente en los ojos:
-No, doctor, no es lo que usted cree, no estoy comiendo sardinas de lata, porque usted me las tiene prohibidas, mire, mire...
Entre sus manos temblorosas, un plato con restos de sardinas en aceite.
-Me ha mentido, señor Ramírez. No se mueva de aquí, que voy a pensar en el castigo que se merece.
El abuelo, temeroso, murmuró algo y bajó la mirada.
Puso el cronómetro en marcha y desalojó por la azotea todos los objetos interesantes en menos de tres minutos. Se marchó sin despedirse.
Cuatro horas después, los Ramírez, desquiciados, le preguntaban al abuelo si había visto algo, y él les respondía que el médico lo había visitado, como todos los días, para tomarle la tensión y comprobar que seguía la dieta.
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