Ha entrado usted en la bitácora alzada de Claudio Colina Pontes

sábado, 14 de mayo de 2016

Corazón amarillo


"El sol del mediodía era tan denso en el muelle, que todo parecía aplastado por una fuerza blanca. Los coches salían poco a poco del vientre blanco del barco, abierto por una herida limpia, y un policía municipal, que parecía animado por tener algo de tráfico que dirigir, se acercó corriendo al comienzo de la cola, a paso tan acelerado que se le cayeron las esposas a nuestros pies".

Gracias a Nieves, que nos manda esta foto desde su hogar, cercano a la capital.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Salida del aeropuerto


"El trenecillo salió del aeropuerto y atravesó campos grises y llanuras descoloridas de arrabal, donde los hierbajos de la lluvia tardía crecían al pie de muros de hormigón pintarrajeados con firmas verdes, rojas, ilegibles".

Este ejemplar de Al Norte de Abril llegó a Leipzig y se echó a descansar a los pies de Bach, uno de los músicos más importantes de todos los tiempos. O el más importante, sin más.

Gracias de nuevo a mi primo, por la estupenda foto.

domingo, 8 de mayo de 2016

Una ciudadana del norte


"Nos mira, un poco inquieta, con unos ojos más azules que el fondo de las piscinas mallorquinas donde se zambullen los ciudadanos del norte en verano, en primavera, y hasta en los puentes, sin son un poquito largos".

Esta foto nos la envía el primo, desde su puesto de mando.

miércoles, 4 de mayo de 2016

El norte rico, en otoño



"Y en pocos minutos nos vemos de pie, con las manos en los bolsillos, en una avenida peatonal de nombre impronunciable donde el frío limpio del Estado del bienestar pasa a ras del pavimento adoquinado y levanta las hojas multicolores..."

Gracias a nuestra amiga Mª J. por esta foto, alumbrada por el sol de San Andrés de la Barca.

viernes, 29 de abril de 2016

Perdidos Al Norte



Por fin está disponible en las mejores librerías del mundo Al Norte de Abril, mi nuevo libro de relatos. Esta foto la tomé en la parada del tranvía, mientras realizaba las últimas correcciones del texto, a principios de 2016.

jueves, 16 de enero de 2014

Furtivos

Desde lo alto del edificio colindante saltó a la azotea de los Ramírez, más amplia, más limpia. Las sábanas al sol olían a humedad fugaz y a flores de plástico, a lejía diluida en arrugas blancas. Sabía que los Ramírez tardarían en regresar, y no le importó hacer ruido al forzar la puerta de hierro para entrar en la casa. Por la escalera enmoquetada, que olía a ambientador, bajó hasta el salón, donde halló lo que buscaba: la cámara de vídeo, el equipo de música, la tele, los candelabros de plata. Sumó mentalmente el valor de todo, y calculó el tiempo que tardaría en llevárselo. Iba a ser un negocio redondo.
Decidió husmear un poco por los dormitorios. El armario de la abuela olía a papeles amarillentos, a maderas entreabiertas de naftalina y a paraguas mohosos, y el de la hija, a lavanda y encajes blancos. De las mesillas de noche del matrimonio recogió un reloj de oro, un solitario y dos cadenitas. Volviendo a la sala pasó por la puerta de la cocina, y el único comensal se le quedó mirando fijamente, con temor. Lo reconoció: el nonagenario patriarca, Ramírez el viejo, que se apresuraba a esconder torpemente el plato bajo la mesa.
-¿Qué come usted? -Preguntó, acercándose.
El anciano, con un brillo demente en los ojos:
-No, doctor, no es lo que usted cree, no estoy comiendo sardinas de lata, porque usted me las tiene prohibidas, mire, mire...
Entre sus manos temblorosas, un plato con restos de sardinas en aceite.
-Me ha mentido, señor Ramírez. No se mueva de aquí, que voy a pensar en el castigo que se merece.
El abuelo, temeroso, murmuró algo y bajó la mirada.
Puso el cronómetro en marcha y desalojó por la azotea todos los objetos interesantes en menos de tres minutos. Se marchó sin despedirse.
Cuatro horas después, los Ramírez, desquiciados, le preguntaban al abuelo si había visto algo, y él les respondía que el médico lo había visitado, como todos los días, para tomarle la tensión y comprobar que seguía la dieta.

martes, 24 de diciembre de 2013

Encuentros

Al acabar los exámenes de septiembre, Vicente cogía su viejo cuchillo de limpiar pescado y nos convocaba una mañana bien temprano a las puertas de la Facultad. El ritual se repetía todos los años: con coches prestados recorríamos él y yo junto a Irene, Ramón y los demás aquella sinuosa carretera y al llegar a la Punta del Hidalgo nos acercábamos a las barcas de los pescadores, que regresaban de faenar en ese momento. Vicente, con su cuchillo colgado al cinto, llevaba la voz cantante. Regateábamos en voz muy alta, enfadándonos de broma por lo caro que estaba el pescado, y tras mucho rato de conversación con los hombres del mar, nos marchábamos con apretones de mano que sellaban el compromiso de volver pronto. A las afueras de Tegueste nos parábamos a un lado de la carretera y allí mismo improvisábamos un asadero. Vicente desenfundaba entonces el famoso cuchillo, y con extrema habilidad escamaba y limpiaba el pescado, sin parar de hablar, de reír, mientras los demás encendíamos el fuego y abríamos la primera botella de vino blanco con la que celebrar el final del verano.
Después de todos estos años, Vicente y yo, ingenieros del Ministerio, hemos vuelto ayer a La Punta para redactar un proyecto de desarrollo local. Al bajar por la carretera serpenteante recordamos por un minuto aquellos años intensos de asados, risas, vino y fugas de la Facultad, y cómo ninguno de los dos logró seducir a Irene, que acabó casándose con estirado de Aparejadores que conducía un BMW. Pero enseguida volvimos a la conversación cotidiana: el presupuesto, el informe del gabinete jurídico, el decreto de medidas correctoras, la discusión con el gerente de urbanismo...
En La Punta, la reunión con los delegados fue soporífera y frustrante. Salimos de allí de noche, enfurruñados y cansados. Vicente conducía en silencio, con brusquedad. Yo, indiferente, miraba por la ventanilla, dejándome llevar por las luces distantes del pueblo, cuando, de repente, en una curva Vicente frenó en seco, se bajó corriendo y se abalanzó en la cuneta para recoger algo que brillaba: su cuchillo, perdido un día de comilona, cuando nos sorprendió un gran chaparrón y tuvimos que recoger los pertrechos apresuradamente. A la luz de los faros del coche, lazando el cuchillo como un trofeo, lo oí reír como no lo había oído en años.